Archivos por Mes: agosto 2018

La iconografía de la Asunción en Córdoba.

Hoy celebramos la festividad de la Asunción de la Virgen, cuarto dogma de fe promulgado el 1 de noviembre de 1950. En él se nos revela que María fue Asunta, es decir, elevada al cielo por los ángeles al fin de su vida terrena.

En este post os queremos acercar a la iconografía de la Asunción de la Virgen, y para ello haremos un recorrido por las representaciones más destacadas que de la Asunción de María existen en Córdoba.

La primera imagen a la que haremos alusión es esta Asunción y coronación de María Inmaculada. Una obra anónima del siglo XV que combina particularidades iconográficas que aluden a María Reina, Asunta e Inmaculada, algo muy frecuente en este siglo.
Ubicada en el Convento de Santa Marta, se trata de una pieza de estética castellano-flamenca en la que María se nos presenta ataviada con túnica roja y manto dorado. Su rostro, de semblante dulce y abstraído, representa el momento en que es elevada al cielo y enmarcada por una mandorla de querubines. Arriba, Dios Padre la corona.
En este caso aún no ha adoptado el movimiento ascendente que la caracterizará y la diferenciará radicalmente de la Inmaculada, iconografía de la que inevitablemente se verá contaminada, llevando a error en innumerables ocasiones.

La siguiente Asunción en que nos detendremos está inserta en un portapaz, un instrumento litúrgico que dejó de usarse y que servía para dar el ósculo de la paz. Pues bien, por cronología y estética ya nos encontramos inmersos en el Renacimiento y, gracias a una inscripción en la parte trasera del mismo, sabemos que su comitente fue Diego Fernández de Córdova, Duque de Segorbe y Marqués de Comares. Este portapaz, expuesto en el tesoro de la Catedral de Córdoba presenta estructura de retablo con banco de esmalte y cruz de pedrería, la escena principal, La Asunción, se encuentra flanqueada por dos columnas de fuste acanalado. Una Asunción que separa lo terrenal de lo celestial. Abajo, en la tierra los doce Apóstoles se arremolinan ante el sepulcro vacío de María que ha vencido su corruptibilidad. Arriba, sobre un cúmulo de nubes y ayudada por ángeles y querubines María es Asunta en cuerpo y alma.

 

Un Asunción de gran belleza y muy desconocida es la que preside la Capilla del Instituto Góngora. Obra del aclamado escultor Pedro Duque Cornejo, en ella ya vemos una iconografía plenamente asuncionista.
El artista va a recurrir a la elevación de la mirada y la posición de las manos para acentuar el carácter ascendente de la imagen, una imagen en la que María aparece coronada por doce estrellas que aluden a los doce apóstoles, quienes fueron llamados por la Virgen cuando esta supo por el Arcángel San Gabriel que su vida terrena terminaba. Es entonces cuando el Arcángel le entrega la palma, atributo que probablemente portase el angelito situado justo a los pies de María.
Es esta sin duda una muestra irrefutable del exquisito trabajo de Pedro Duque Cornejo que llegaría a su culmen en la Sillería del Coro de la Catedral de Córdoba.

La última Asunción que trataremos es obra del artista cordobés Julio Romero de Torres. Una Asunción muy en consonancia con la estética del pintor – por quien servidora siente verdadera admiración – cuyo encargo acaeció tras el incendio de la primitiva Virgen de los Faroles que unos atribuyen al prebendado Antonio Fernández Castro y otros a Juan Pompeyo. La Virgen, que viste túnica morada envuelta por un manto azul eleva su mirada al cielo y dos ángeles de apariencia femenina la flanquean. Abajo, la monja franciscana y la típoca mujer cordobesa con mantilla simbolizan la dualidad a la que tanto recurre Julio Romero de Torres, la Córdoba profana y la Córdoba mística.

 

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Bibliografía.

De las fiestas en honor a Isis a las de la Virgen del Carmen en Baelo Claudia.

La ciudad hispanorromana de Baelo Claudia está situada en la orilla norte del estrecho de Gibraltar, a 17 km al este de Tarifa, en la provincia de Cádiz. Nació hacia finales del siglo II a.C., como un pequeño establecimiento industrial dedicado a la salazón y la producción de salsa de pescado, Garum. En torno a él, se desarrollará posteriormente un núcleo urbano que vivirá de la pesca de los atunes que migran desde el Atlántico al Mediterráneo en los meses de mayo y junio para desovar y de las grandes posibilidades de comercio marítimo con el norte de África.

Vista del foro de Baelo Claudia

Esta ciudad poseía la estructura de cualquier otra ciudad romana, vías principales, templos, basílica, curia, archivo, mercado, teatro, termas urbanas y marítimas, barrio industrial y acueductos, además de muralla y puertas.
Hoy en concreto nos vamos a referir a templo de Isis, localizado en el ángulo nororiental del foro. Fue construido entorno a los años 60 o 70 d.C., aunque cabe la posibilidad de la existencia de un templo de Isis anterior destruido por el terremoto de mediados del siglo I.

Maqueta de la ciudad en el museo de Baelo Claudia.

Su estratégico y privilegiado emplazamiento, no solo por estar situado junto a uno de los principales templos del foro, sino su integración en la arquitectura de la ciudad, parecen ser la prueba de la importancia tanto civil como religiosa del templo en la ciudad.

Reconstrucción del templo de Isis, junto a los tres templos principales.

El culto a Isis como protectora de los navegantes llegó a estas tierras traído por las relaciones tanto mercantiles como laborales con el norte de África, ya que eran muchas las personas que cruzaban el estrecho de Gibraltar para trabajar en esta ciudad entre los meses de mayo y septiembre para la pesca del atún y su conservación en salazón. Sabemos que el primer templo a esta diosa se construyó en el siglo V a.C. en la bahía de Cádiz, a partir del asentamiento fenicio de Gades.

Del mismo modo que llegó a estas tierras el culto a Isis, también llegaron sus celebraciones.

En Egipto se celebraba una procesión acompañada por multitud de devotos con faroles y bengalas, finalizando en la orilla de la playas de Alejandría, internando en sus aguas la figura de la diosa, colocada sobre una pequeña embarcación que soportaban sus porteadores.

Diosa Isis amamantando al dios Horus. Fuente: Museo del Louvre

Esta tradicional procesión marinera egipcia fue observada por los numerosos comerciantes griegos que llegaban al puerto de Alejandría y la trasladaron a Grecia, donde años mas tarde llegó a conocimiento de Roma. Pronto los romanos establecieron numerosos templos en honor de Isis, “Señora del Mar, protectora de los pescadores, mercaderes y navegantes”, y también se asimiló la procesión egipcia, denominada Navigium Isidis, sirviendo también como día de inicio del periodo hábil para navegar.

Escultura romana de Isis amamantando a Horus. Fuente: Museos Vaticanos.

Cada 16 de julio se celebraba la festividad de Isis en su advocación de Stella Maris (Estrella del Mar) por los paseos marítimos. Esta fiesta la encontramos descrita en numerosas fuentes de origen romano como Apuleyo que describe cómo la solemne comitiva iba desde el templo de Isis a la orilla del mar acompañada por las gentes del pueblo ataviadas bellísimas ropas con las cuales se pretendía representar los diferentes oficios, empleos y cargos de la vida civil que constituían la sociedad, como magistrados, gladiadores, cazadores e incluso animales.

Tras ellos seguía la verdadera procesión de la diosa Isis, iniciando el cortejo un grupo de mujeres con vistosas vestiduras blancas y numerosos atributos simbólicos coronadas con flores, las cuales arrojaban pétalos que cubrían el camino por donde transcurrirá la procesión. Otras arrojaban gotas de perfumes para inundar las calles de aromas de bálsamos olorosos que taparían los malos olores de las calles de la ciudad, a continuación una gran multitud portaban lámparas, antorchas, cirios y toda clase de luces artificiales, que pretendían atraer la bendición de la madre de los astros que brillan en el cielo. Este grupo iba seguido por otro de músicos con diferentes instrumentos, tras ellos un grupo de jóvenes en traje de gala también blanco, que repetían un himno que ofrecía votos solemnes a la diosa, y tras ellos era porteada por sacerdotes la figura de la diosa representada con el niño Horus en sus brazos.

Una vez que llegaban a la orilla de la playa los esperaba una nave de madera decorada con pinturas llamativas y con la popa rematada con un cuello de oca revestida de chapas de oro, a la que subían la imagen de la diosa y la paseaban por el mar. Al terminar y de regreso al templo, el escribano recitaba sus plegarias, y los devotos desbordados de alegría aclamaban y ofrecían brotes, ramos y coronas a la diosa Isis, y procedían al besapies con el cual se terminaba esta curiosa procesión.

Esta descripción de Apuleyo, nos sirve para descifrar el título de esta entrada, ya que en él podemos ver grandes similitudes entre la procesión de la diosas Isis y las que a día de hoy se producen cada 16 de julio en barrios marineros de la costa española.

Celebración del día del Carmen en Chipiona (Cádiz). Fuente: www.chipiona.net

El templo dedicado a esta diosa en Baelo Claudia queda estrechamente relacionado con el aspecto marítimo de Isis: en primer lugar por su posición elevada, lo que permitía ver el mar desde el propio templo y también ser visto desde el mar y, por otra parte, su localización en el foro, representando la importancia de su culto en esta ciudad.

Restos del templo de Isis en Baelo Claudia

Su devoción se manifestaba en el interior del templo, y prueba de ello son los exvotos que se han podido recuperar, con los que los devotos agradecían su intervención, una supplicatio (placa de metal) y dos placas de dedicantes que participaron en la construcción del templo (placa de mármol blanco con huellas de pies).

Placa dedicantes del templo de Isis. Museo de Baelo Claudia

Con esta entrada queremos dejar patente como nuestro patrimonio nos enseña a comprender el porqué de muchas de nuestras fiestas o tradiciones que perviven más allá de las creencias que cada pueblo pueda tener.

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Bibliografía:

BELTRÁN FORTES, J., ATENCIA PÁEZ, R. “Nuevos aspectos del culto isíaco en la Baetica”, SPAL, 5, 1997. Pág. 171-196.

MUÑOZ VICENTE, A., EXPÓSITO ÁLVAREZ, J. A. “El conjunto arqueológico de Baelo Claudia y su museo monográfico. Breves notas historiográficas y de gestión”. Boletín del Museo Arqueológico Nacional, 35, 2017, Pág. 89-93.

SORIA TRASTOY, T. “¿Por qué un Iseum en Baelo Claudia?”, Aljaranda, 76, 2010. Pág. 14-23.

 

Amores y fantasmas medievales

Esta semana os traemos un post que surge de las conversaciones nocturnas y banales que a veces se dan sobre sucesos sin explicación y que siempre llaman la atención de curiosos e incrédulos totales sobre aquello que no se puede explicar racionalmente y, es que las historias de fantasmas son inherentes a lugares llenos de historia.

Enamoradas plenamente de nuestro más emblemático monumento, la Mezquita-Catedral, nos disponemos a contaros una curiosa historia a la que no le falta un detalle para ser todo un culebrón estival. Pero claro, en Ataurique nos gusta ceñirnos a la historia y, hablar sobre de “sucesos paranormales” sería salirnos de nuestro campo de trabajo. Por eso, vamos a empezar a contar esta historia desde su base histórica y, para ello, es necesario remontarnos al siglo XIV, concretamente al año 1377 que es cuando nace Enrique Enríquez, más conocido como Enrique de Castilla.

Enrique de Castilla era hijo ilegítimo de Enrique II – quien también lo fuera de Alfonso XI, de hecho él fue uno de los diez que tuvo con doña Leonor de Guzmán – (perdón por estos incisos, el “Sálvame Histórico” siempre tiene su aquel). Pues bien, nuestro caro rey Enrique II de Trastámara tuvo un affair con una dama de la corte llamada Juana de Sousa y de esta relación nació el personaje que nos ocupa.

Título: La Virgen de Tobed junto a Enrique II de Castilla, su mujer Juana Manuel y sus hijos. Autor: Jaume Serra (1359-1362)

El alumbramiento tuvo lugar en Cabra, pues aunque el rey y la dama se conocieron en Córdoba, en el actual Alcázar de los Reyes Cristianos, Enrique II creyó conveniente alejarla de la corte y de su familia – como también lo hizo su padre con doña Leonor – de manera que vivieran su amor lejos de intrigas y comentarios. Un amor que apenas duró diez años, pasado este tiempo el rey fijó sus regios ojos en otra señora y aunque quiso buscar un marido para doña Juana que le procurase un holgado futuro, ella lo rechazó en rotundo al mantenerse firme en el amor hacia su rey.
El pequeñín heredó el señorío de Medina Sidonia después de que su padre modificase el testamento a su favor y como observamos en su lápida, no fue éste su único título nobiliario que ostentó, acompañáronle el de Conde de Cabra y Señor de Alcalá y Mora. Enrique Enríquez era todo un caramelito para las jovencitas en edad casadera de la corte, pero lo cierto es que su vida pública y política fueron casi inexistentes, lo que ha llevado a pensar que tuviera algún tipo de problema de salud. Quizá fue este el motivo de su prematura muerte, pues con solo veintisiete años Enrique de Castilla expiró.
Nada consolaba la pena de su madre, quien desolada ante la pronta muerte de su único hijo pagó misas por el alma de Enrique y pidió al Cabildo la concesión de una habitación dentro de la Catedral para nunca abandonarle, dicen que incluso llegó a estar dos días encerrada junto al cadáver de Enrique de Castilla.

Y aquí llega el hecho inexplicable que nosotras dejamos abierto a la interpretación de cada cual, pues dicen que tal era la necesidad de estar junto a su hijo que hay quien afirma que en la Mezquita-Catedral, cuando cesa el bullicio de turistas y todo queda en calma al caer la noche, doña Juana de Sousa, ataviada con un blanco vestido, pasea entre las columnas hasta llegar a la tumba de Enrique de Castilla donde se detiene para postrarse ante él.

Lápida de Don Enrique a la derecha del altar del crucero de la Catedral.

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