Esta semana os traemos un post que surge de las conversaciones nocturnas y banales que a veces se dan sobre sucesos sin explicación y que siempre llaman la atención de curiosos e incrédulos totales sobre aquello que no se puede explicar racionalmente y, es que las historias de fantasmas son inherentes a lugares llenos de historia.

Enamoradas plenamente de nuestro más emblemático monumento, la Mezquita-Catedral, nos disponemos a contaros una curiosa historia a la que no le falta un detalle para ser todo un culebrón estival. Pero claro, en Ataurique nos gusta ceñirnos a la historia y, hablar sobre de “sucesos paranormales” sería salirnos de nuestro campo de trabajo. Por eso, vamos a empezar a contar esta historia desde su base histórica y, para ello, es necesario remontarnos al siglo XIV, concretamente al año 1377 que es cuando nace Enrique Enríquez, más conocido como Enrique de Castilla.

Enrique de Castilla era hijo ilegítimo de Enrique II – quien también lo fuera de Alfonso XI, de hecho él fue uno de los diez que tuvo con doña Leonor de Guzmán – (perdón por estos incisos, el “Sálvame Histórico” siempre tiene su aquel). Pues bien, nuestro caro rey Enrique II de Trastámara tuvo un affair con una dama de la corte llamada Juana de Sousa y de esta relación nació el personaje que nos ocupa.

Título: La Virgen de Tobed junto a Enrique II de Castilla, su mujer Juana Manuel y sus hijos. Autor: Jaume Serra (1359-1362)

El alumbramiento tuvo lugar en Cabra, pues aunque el rey y la dama se conocieron en Córdoba, en el actual Alcázar de los Reyes Cristianos, Enrique II creyó conveniente alejarla de la corte y de su familia – como también lo hizo su padre con doña Leonor – de manera que vivieran su amor lejos de intrigas y comentarios. Un amor que apenas duró diez años, pasado este tiempo el rey fijó sus regios ojos en otra señora y aunque quiso buscar un marido para doña Juana que le procurase un holgado futuro, ella lo rechazó en rotundo al mantenerse firme en el amor hacia su rey.
El pequeñín heredó el señorío de Medina Sidonia después de que su padre modificase el testamento a su favor y como observamos en su lápida, no fue éste su único título nobiliario que ostentó, acompañáronle el de Conde de Cabra y Señor de Alcalá y Mora. Enrique Enríquez era todo un caramelito para las jovencitas en edad casadera de la corte, pero lo cierto es que su vida pública y política fueron casi inexistentes, lo que ha llevado a pensar que tuviera algún tipo de problema de salud. Quizá fue este el motivo de su prematura muerte, pues con solo veintisiete años Enrique de Castilla expiró.
Nada consolaba la pena de su madre, quien desolada ante la pronta muerte de su único hijo pagó misas por el alma de Enrique y pidió al Cabildo la concesión de una habitación dentro de la Catedral para nunca abandonarle, dicen que incluso llegó a estar dos días encerrada junto al cadáver de Enrique de Castilla.

Y aquí llega el hecho inexplicable que nosotras dejamos abierto a la interpretación de cada cual, pues dicen que tal era la necesidad de estar junto a su hijo que hay quien afirma que en la Mezquita-Catedral, cuando cesa el bullicio de turistas y todo queda en calma al caer la noche, doña Juana de Sousa, ataviada con un blanco vestido, pasea entre las columnas hasta llegar a la tumba de Enrique de Castilla donde se detiene para postrarse ante él.

Lápida de Don Enrique a la derecha del altar del crucero de la Catedral.

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