Hoy celebramos la festividad de la Asunción de la Virgen, cuarto dogma de fe promulgado el 1 de noviembre de 1950. En él se nos revela que María fue Asunta, es decir, elevada al cielo por los ángeles al fin de su vida terrena.

En este post os queremos acercar a la iconografía de la Asunción de la Virgen, y para ello haremos un recorrido por las representaciones más destacadas que de la Asunción de María existen en Córdoba.

La primera imagen a la que haremos alusión es esta Asunción y coronación de María Inmaculada. Una obra anónima del siglo XV que combina particularidades iconográficas que aluden a María Reina, Asunta e Inmaculada, algo muy frecuente en este siglo.
Ubicada en el Convento de Santa Marta, se trata de una pieza de estética castellano-flamenca en la que María se nos presenta ataviada con túnica roja y manto dorado. Su rostro, de semblante dulce y abstraído, representa el momento en que es elevada al cielo y enmarcada por una mandorla de querubines. Arriba, Dios Padre la corona.
En este caso aún no ha adoptado el movimiento ascendente que la caracterizará y la diferenciará radicalmente de la Inmaculada, iconografía de la que inevitablemente se verá contaminada, llevando a error en innumerables ocasiones.

La siguiente Asunción en que nos detendremos está inserta en un portapaz, un instrumento litúrgico que dejó de usarse y que servía para dar el ósculo de la paz. Pues bien, por cronología y estética ya nos encontramos inmersos en el Renacimiento y, gracias a una inscripción en la parte trasera del mismo, sabemos que su comitente fue Diego Fernández de Córdova, Duque de Segorbe y Marqués de Comares. Este portapaz, expuesto en el tesoro de la Catedral de Córdoba presenta estructura de retablo con banco de esmalte y cruz de pedrería, la escena principal, La Asunción, se encuentra flanqueada por dos columnas de fuste acanalado. Una Asunción que separa lo terrenal de lo celestial. Abajo, en la tierra los doce Apóstoles se arremolinan ante el sepulcro vacío de María que ha vencido su corruptibilidad. Arriba, sobre un cúmulo de nubes y ayudada por ángeles y querubines María es Asunta en cuerpo y alma.

 

Un Asunción de gran belleza y muy desconocida es la que preside la Capilla del Instituto Góngora. Obra del aclamado escultor Pedro Duque Cornejo, en ella ya vemos una iconografía plenamente asuncionista.
El artista va a recurrir a la elevación de la mirada y la posición de las manos para acentuar el carácter ascendente de la imagen, una imagen en la que María aparece coronada por doce estrellas que aluden a los doce apóstoles, quienes fueron llamados por la Virgen cuando esta supo por el Arcángel San Gabriel que su vida terrena terminaba. Es entonces cuando el Arcángel le entrega la palma, atributo que probablemente portase el angelito situado justo a los pies de María.
Es esta sin duda una muestra irrefutable del exquisito trabajo de Pedro Duque Cornejo que llegaría a su culmen en la Sillería del Coro de la Catedral de Córdoba.

La última Asunción que trataremos es obra del artista cordobés Julio Romero de Torres. Una Asunción muy en consonancia con la estética del pintor – por quien servidora siente verdadera admiración – cuyo encargo acaeció tras el incendio de la primitiva Virgen de los Faroles que unos atribuyen al prebendado Antonio Fernández Castro y otros a Juan Pompeyo. La Virgen, que viste túnica morada envuelta por un manto azul eleva su mirada al cielo y dos ángeles de apariencia femenina la flanquean. Abajo, la monja franciscana y la típoca mujer cordobesa con mantilla simbolizan la dualidad a la que tanto recurre Julio Romero de Torres, la Córdoba profana y la Córdoba mística.

 

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Bibliografía.