España en el siglo XIX ofrecía a los viajeros románticos el exotismo que ansiaban conocer. Su pasado islámico, los relatos conservados de la época andalusí o los testimonios mismos de intrépidos viajeros en sus epistolarios o notas, dieron lugar a un imaginario que insertaba a nuestro país en general y al sur en particular en el punto de mira para sus destinos.

Fueron muchos los viajeros románticos que llegaron a nuestra ciudad y congelaron instantes, bien a modo de dibujo, bien a modo de relato, o como simples notas de impresiones en sus diarios. Pero lo cierto es que no siempre sus dibujos, ni tampoco sus relatos, fueron fidedignos con la realidad, y eso mismo podríamos pensar al observar este dibujo de la Mezquita – Catedral del viajero romántico John Frederic Lewis.

Como ya habrán advertido, la singular bicromía de los arcos de nuestra más que conocida Mezquita-Catedral han sido obviados. Ni rastro de la icónica alternancia de dovelas de ladrillo y arenisca. Quizá, nuestros queridos lectores, piensen que simplemente puede tratarse de un error debido a la mala memoria del afamado acuarelista inglés, pero nada más lejos de la realidad y para probarlo, he aquí el quid de la cuestión.

En esta instantánea – nada instantánea por cierto – del otro gran romántico, Jean Laurent, volvemos a observar lo mismo, ni rastro de dovelas de ladrillo y tampoco de piedra. Pues bien, tenemos la respuesta y, para conocerla tenemos que retroceder a los años ochenta del siglo XVII. ¡Menuda movida!

Córdoba, año de 1686, el Cardenal Salazar toma posesión de su cargo como obispo de Córdoba y entre varias medidas de capital envergadura como la creación de la Capilla de Santa Teresa dentro de la Mezquita – Catedral o el Hospital de Agudos, actual Facultad de Filosofía y letras, promovió otras empresas como la que en este post nos atañe. Ya habrán imaginado nuestros perspicaces lectores, que fue él el artífice de tamaña modificación, no sin antes cubrir con bóvedas de madera y cañizo las naves. Sí, el Cardenal Salazar fue quien mandó enfoscar y encalar las arquerías buscando así la unificación del espacio y la luminosidad.

Actualmente, como vestigio de esta modificación que siempre debemos contextualizar con la época y no juzgar desde nuestra perspectiva, quedan algunos arcos encalados en la ampliación de Almanzor, en el Museo de San Clemente donde la Mezquita – Catedral atesora restos de su pasado más esplendoroso.

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